Los bombardeos y el fuego de mortero han vuelto a sacudir la frontera entre Afganistán y Pakistán, elevando la tensión a uno de sus niveles más altos en años. Con acusaciones cruzadas y amenazas de “guerra abierta”, el nuevo episodio revive un conflicto intermitente que combina rivalidad histórica, insurgencia y riesgo regional.
La reciente escalada entre Afganistán y Pakistán ha dejado víctimas mortales y daños en zonas civiles a ambos lados de la frontera. El ministro de Defensa de Islamabad aseguró que la paciencia de su país se había agotado y describió la situación como una confrontación abierta con el gobierno talibán en Kabul. Las declaraciones se produjeron tras una serie de ataques aéreos y enfrentamientos con artillería en distintos puntos de la línea limítrofe, una de las más complejas y disputadas del mundo.
El intercambio de fuego representa el episodio más reciente de un conflicto que enfrenta al ejército pakistaní —una institución consolidada, bien equipada y respaldada por capacidades nucleares— con las fuerzas talibanas afganas, curtidas por décadas de guerra irregular y por su victoria frente a tropas de Estados Unidos y la OTAN en 2021. Aunque los choques fronterizos no son nuevos, el tono de las declaraciones oficiales y la amplitud de los ataques recientes han incrementado la preocupación internacional.
El origen de la reciente escalada
Según autoridades afganas, la cadena de acontecimientos comenzó tras bombardeos pakistaníes contra supuestos campamentos de militantes en territorio afgano durante el fin de semana. Kabul afirmó que esos ataques causaron al menos 18 muertes. En respuesta, fuerzas talibanas habrían lanzado ofensivas contra posiciones pakistaníes en varios tramos de la extensa frontera compartida, que se extiende por aproximadamente 2.577 kilómetros a través de montañas escarpadas y zonas desérticas.
En la madrugada del viernes, Pakistán comunicó el comienzo de la operación llamada “Ghazab Lil Haqq” (Operación Furia Justa). Según indicó Islamabad, los bombardeos se orientaron hacia posiciones defensivas talibanas en varias zonas, entre ellas la capital afgana y territorios reconocidos como antiguos bastiones del movimiento. Dentro de estos destaca Kandahar, identificada como el núcleo espiritual de los talibanes y el supuesto lugar de residencia de su líder supremo, Hibatullah Akhundzada.
Testimonios recopilados en Kabul relatan cómo fuertes explosiones sobresaltaron a las familias en plena noche, acompañadas de ráfagas de disparos y destellos que iluminaban el cielo. Los residentes señalaron que la mayoría de las casas mantuvo las luces encendidas hasta el amanecer, inquietas ante la posibilidad de nuevos ataques. En la zona noroeste de Pakistán, pobladores de áreas limítrofes indicaron que se escucharon detonaciones constantes y que proyectiles de mortero alcanzaron varias viviendas, causando heridos, entre ellos varios niños.
Las cifras de víctimas varían según la fuente. Pakistán aseguró haber abatido a más de un centenar de combatientes talibanes, mientras que Afganistán reconoció la muerte de varios de sus soldados. La verificación independiente resulta compleja debido a la ubicación remota y al acceso restringido a las zonas afectadas.
Un enfrentamiento con orígenes arraigados
La tensión entre ambos países resulta incomprensible sin revisar su historia reciente, marcada por la intervención internacional encabezada por la OTAN en 2001, que terminó derribando al régimen talibán por haber dado cobijo a los responsables de los atentados del 11 de septiembre. A partir de entonces, Pakistán pasó a desempeñar un papel determinante en la zona, mientras numerosos combatientes talibanes hallaron refugio en zonas fronterizas pakistaníes durante los años de insurgencia contra el gobierno afgano apoyado por Occidente.
No obstante, la dinámica se transformó después del retorno de los talibanes al poder en Kabul en 2021, tras la retirada de las tropas estadounidenses. Desde ese momento, Islamabad ha señalado un incremento marcado de la violencia islamista dentro de sus fronteras, atribuyendo gran parte de los atentados al Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), una facción insurgente pakistaní que, según el Gobierno, actúa desde territorio afgano con la permisividad o el respaldo de Kabul.
De acuerdo con datos compartidos por el ejército pakistaní, más de 1.200 personas —entre militares y civiles— murieron en atentados en 2025, una cifra que duplica la registrada en 2021. Islamabad sostiene que muchos de estos ataques se ejecutan con armas abandonadas tras la retirada occidental, lo que ha elevado la capacidad operativa de grupos insurgentes.
Las recriminaciones de ambas partes han erosionado el ya delicado alto el fuego alcanzado tras los choques más intensos del año pasado, y en octubre los dos países vivieron uno de los episodios más mortales de los últimos tiempos, lo que llevó a mediadores regionales a intervenir para intentar frenar la escalada.
El ámbito militar: una asimetría profundamente acentuada
En el plano cuantitativo y tecnológico, la brecha entre las fuerzas armadas de ambos países resulta evidente, ya que Pakistán dispone de unas fuerzas convencionales integradas por ejército, armada y fuerza aérea, con cerca de 660.000 militares en activo y reforzadas por amplios cuerpos paramilitares que añaden varios cientos de miles de integrantes, y además, al ser una potencia nuclear, incorpora un sistema defensivo variado y de alto nivel técnico.
Su flota cuenta con cazas F-16 de fabricación estadounidense, aeronaves Mirage procedentes de Francia y el JF-17 Thunder, diseñado conjuntamente con China, un socio estratégico fundamental en el ámbito de la defensa. Asimismo, posee sistemas de misiles y avanzadas capacidades de vigilancia aérea.
En contraste, las fuerzas talibanas se presentan como una estructura cohesionada que reúne a menos de 200.000 combatientes. No disponen de una fuerza aérea contemporánea y utilizan equipos procedentes de la era soviética o material dejado atrás durante la retirada internacional. Asimismo, han sumado drones comerciales adaptados para fines militares, considerados por analistas como herramientas muy efectivas en escenarios de guerra asimétrica.
La mayor fortaleza de los talibanes reside en su amplio recorrido en guerra irregular. Después de décadas dedicadas a la insurgencia, han refinado sus métodos de guerrilla y consolidado redes logísticas adaptadas a zonas escarpadas y de difícil acceso. Esta mezcla de ideología inflexible, dominio del entorno y capacidad operativa les ayuda a equilibrar en parte su desventaja tecnológica.
Riesgos de escalada y mediación regional
Expertos en seguridad alertan que una escalada del conflicto podría generar una inestabilidad aún mayor en la región. Abdul Basit, investigador asociado sénior de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam, indicó que cualquier acción de represalia afgana podría enfocarse en zonas urbanas de Pakistán, aumentando así la posibilidad de atentados y un desorden interno más profundo.
Samina Ahmed, directora sénior para el sur de Asia en el International Crisis Group, destacó que Islamabad ha dejado manifiesto que seguirá interviniendo si Kabul no emprende acciones contra el TTP. De acuerdo con la analista, ambas capitales tendrían que reanudar el diálogo con el acompañamiento de socios regionales de confianza, entre ellos Turquía, Qatar y Arabia Saudita.
En episodios anteriores, la mediación diplomática de estos actores logró atenuar la violencia tras varios días de enfrentamientos, pero el escenario actual incorpora retos adicionales, como la consolidación del poder talibán, el incremento de atentados en Pakistán y un panorama geopolítico aún más fragmentado.
La frontera en disputa —conocida históricamente como Línea Durand— ha sido durante décadas un punto de fricción. Su trazado, heredado del periodo colonial británico, nunca ha sido plenamente aceptado por Kabul, lo que añade un componente estructural al conflicto. Las comunidades tribales a ambos lados mantienen vínculos familiares y económicos, lo que complica cualquier intento de control estricto.
Repercusiones humanitarias y un ambiente marcado por la incertidumbre
Más allá del ámbito militar y político, el efecto sobre la población civil resulta considerable, pues las detonaciones en áreas habitacionales, el desplazamiento provisional de numerosas familias y la paralización de actividades comerciales terminan golpeando economías locales ya debilitadas. La expectativa de posibles nuevas ofensivas incrementa la sensación de inquietud en ciudades como Kabul y en distritos fronterizos pakistaníes.
El temor a que la violencia se prolongue o escale ha llevado a organizaciones internacionales a monitorear de cerca la situación. Aunque no se ha declarado un conflicto formal entre Estados, el lenguaje utilizado por autoridades pakistaníes —incluida la referencia a una “guerra abierta”— refleja la gravedad percibida del momento.
El desenlace estará sujeto a diversos elementos, como la capacidad militar para contener la situación, la disposición política para entablar diálogo y la presión internacional orientada a frenar una escalada mayor; en paralelo, la franja montañosa que divide Afganistán y Pakistán sigue siendo un territorio inestable donde convergen pasado, insurgencias y tensiones estratégicas.
En un entorno donde los equilibrios son frágiles y las acusaciones mutuas se intensifican, la posibilidad de un error de cálculo preocupa a analistas y diplomáticos. La evolución de los próximos días será determinante para establecer si este episodio se suma a la lista de enfrentamientos breves que terminan con mediación externa o si marca el inicio de una etapa más prolongada de confrontación en el sur de Asia.

:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2F9e8%2Fe5c%2Fedc%2F9e8e5cedcd6abd77534f4959c0cb585b.jpg?w=800&resize=800,500&ssl=1)

